Monday, November 01, 2004

Parábola del sabio ahogado

Cuentan de un sabio que se había perdido en un desierto y, tras mucho caminar y padecer, cuando la sed ya casi lo había perdido, se topó con un duendecillo de piel blanca y ojos etíopes, parado en medio del desierto como si lo estuviese esperando.

Y el duendecillo le dijo al sabio: “Admiro tu empresa. Has caminado sin saber a dónde ibas, has resistido el frío de las noches aunque la oscuridad te recordaba que estabas solo, y aguantaste el calor de los días aunque la luz te mostraba que no había nada a tu alrededor. Has seguido, mísero de ti, hacia ninguna parte, esperando encontrar lo que no buscabas. Y todavía estás aquí preparado para seguir caminando hasta el límite de tus fuerzas, hasta que la sed termine tu lenta tortura y fallezcas. Eres un hombre instruido y sabes que ni los dioses pueden cambiar el destino de los hombres, aunque pueden hacerlo más llevadero”.

Entonces, el duendecillo hizo brotar de la arena una fuente con agua fresca y tan cristalina que el sabio pudo ver su cara reflejada en el nuevo manantial. Y le dijo al sabio: “El agua que ahora ves contiene un veneno sutil, que te matará sin remedio”.

El sabio, que estaba acostumbrado a meditar sus acciones, sonrió con la boca reseca y bebió del agua lentamente primero y después con avidez y mojó su cabeza entera en la fuente y luego dijo:
“Extraños son los designios de los dioses, ¿qué insinúan sus actos? ¿qué debo entender...?”

Pero no pudo terminar su reflexión porque el veneno era veloz y paralizó su cuerpo y su mente.

Cuando lo encontraron, con la cabeza sumergida en la fuente, ya se había ahogado.

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